Hay momentos en la vida en los que sentimos la necesidad de volver a nosotras mismas. De proteger aquello que sentimos valioso. De rodearnos de personas con quienes podamos ser auténticamente quienes somos.
Si hay una diosa que representa esa fuerza, esa es Artemisa.
Diosa de las mujeres y de sus secretos más íntimos, reina de los bosques y de la caza, Artemisa es una de las grandes figuras de la mitología griega.
Cuenta la leyenda que, apenas nació, ayudó a su madre a dar a luz a su hermano gemelo, Apolo. Tan marcada quedó por aquella experiencia que le pidió a Zeus, su padre, permanecer virgen para siempre.
Más allá del sentido literal del relato, esa virginidad representa algo mucho más profundo: la decisión de permanecer fiel a su propia naturaleza, de no ser profanada en aquello que le resulta más esencial y de mantenerse siempre fiel a sus instintos.
Instintiva, libre y profundamente conectada con su naturaleza, recorría los bosques con su arco y sus flechas, acompañada por jóvenes doncellas y perros de caza.
Los antiguos mitos muestran a Artemisa protegiendo con firmeza aquello que considera sagrado. Más allá del dramatismo propio de estas historias, quizás nos inviten a preguntarnos qué es aquello que nosotros también necesitamos cuidar y preservar.
¿Conocés mujeres que encuentran su mayor fortaleza cuando están reunidas con otras mujeres?
¿Personas que sienten un profundo respeto por la naturaleza y necesitan retirarse, aunque sea por un momento, del ruido cotidiano para volver a escucharse?
¿O mujeres que, con serenidad y firmeza, cuidan su intimidad y aquello que consideran verdaderamente valioso?
En astrología, Artemisa guarda una profunda relación con una de las fases de la Luna: la Luna Creciente, símbolo de una fuerza femenina que comienza a desplegarse. También nos acerca a una expresión de la energía del signo de Cáncer, vinculada con el cuidado, la protección y el sentido de pertenencia.
Pero Artemisa rara vez aparece sola. Recorre los bosques acompañada por otras mujeres, compartiendo un mismo territorio y una mismo propósito, sin renunciar ninguna de ellas a su propia naturaleza.
Quizás por eso siga siendo un símbolo tan vigente. Porque nos recuerda la fuerza que puede surgir cuando encontramos un espacio donde sentimos que pertenecemos, donde podemos ser quienes somos y donde aquello que consideramos sagrado también es respetado.
¿Y vos?
¿Qué lugar, qué vínculo o qué aspecto de tu vida sentís que merece ser cuidado, preservado y compartido con quienes verdaderamente forman parte de tu tribu?