Hay conversaciones que olvidamos apenas terminan. Y hay otras que permanecen con nosotros durante mucho tiempo, invitándonos a mirar la realidad de una manera diferente.
Quizás sea porque las palabras tienen un poder mucho mayor del que solemos imaginar.
Y quizás por eso los antiguos griegos no pensaban la comunicación como algo menor. La palabra, el intercambio y la capacidad de conectar mundos también tenían su propio dios.
Ese dios era Hermes.
Mensajero entre los dioses y los seres humanos, Psicopompo y guía de las almas, Hermes era el único capaz de atravesar libremente los distintos mundos. Era un puente entre lo visible y lo invisible, entre lo divino y lo humano.
Pero Hermes no era solamente un mensajero.
Desde muy pequeño se destacaba por su ingenio, su curiosidad y su capacidad para encontrar soluciones. Era inventor, comerciante, negociador y viajero. Disfrutaba de los caminos, del intercambio y del movimiento.
También tenía un lado más incómodo. Hermes podía engañar, robar, mentir y manipular. No necesariamente desde la maldad, sino desde la astucia, el juego y el placer de poner a prueba su inteligencia.
Y quizás sea justamente esa ambivalencia la que hace que Hermes resulte tan humano.
Porque la capacidad de comunicarnos puede utilizarse para acercarnos, comprendernos y crear nuevas posibilidades, pero también puede utilizarse para convencer, confundir o manipular.
Todos nos hemos cruzado alguna vez con alguien especialmente comunicativo.
Esa persona que puede iniciar una conversación con cualquiera, que encuentra rápidamente las palabras adecuadas y que tiene una curiosidad que parece no agotarse nunca.
O con alguien especialmente ingenioso, capaz de responder rápidamente, cambiar de perspectiva o encontrar una manera diferente de explicar aquello que los demás no estaban pudiendo comprender.
También conocemos personas con una enorme capacidad para negociar, conectar personas o encontrar oportunidades donde otros todavía no las ven.
Y quizás también conozcamos a alguien cuya relación con la verdad sea un poco más flexible. Alguien capaz de construir un relato tan convincente que terminamos preguntándonos cuánto de lo que cuenta pertenece a los hechos y cuánto a su propia imaginación.
En todos esos casos podemos reconocer diferentes expresiones de Hermes.
El comunicador, el curioso, el comerciante, el negociador, el escritor, el periodista, el intelectual, el viajero, el mediador.
Incluso el mentiroso o el ladrón.
Porque un arquetipo no representa una única cualidad. Contiene diferentes posibilidades de expresión.
En astrología, Hermes encuentra una de sus expresiones más claras a través de Mercurio y del signo de Géminis.
Mercurio habla de nuestra manera de pensar, aprender, procesar información y comunicarnos.
Géminis nos habla de la curiosidad, del intercambio, del movimiento de las ideas, de la capacidad de observar diferentes perspectivas y de establecer conexiones.
Por eso, cuando observamos la energía de Hermes desde la astrología, no estamos hablando solamente de alguien que habla mucho.
Estamos hablando de una forma particular de relacionarse con el mundo a través de la mente, la palabra y el intercambio.
Hermes necesita movimiento.
Necesita preguntar.
Necesita descubrir.
Necesita conectar una idea con otra, una persona con otra, un lugar con otro.
Y quizás por eso su energía sigue siendo tan reconocible en nuestra vida cotidiana.
Pero hay algo todavía más profundo en Hermes.
Su historia nos invita a preguntarnos qué hacemos cada vez que hablamos.
Porque hablar no es solamente transmitir información.
Cuando hablamos, interpretamos.
Nombramos.
Damos significado.
Las palabras no crean mágicamente todo lo que sucede en nuestra vida, pero sí participan de la manera en que construimos significado, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás.
Una palabra puede acercar.
Puede abrir una posibilidad.
Puede transformar una conversación.
Puede cambiar la manera en que alguien se ve a sí mismo.
Pero también puede confundir, manipular, herir o cerrar un camino.
Por eso Hermes también tiene un lado que nos incomoda.
La inteligencia y la palabra pueden utilizarse para conectar, pero también para manipular.
La capacidad de convencer puede convertirse en sabiduría o en engaño.
La comunicación puede construir un puente o utilizarse para atravesar los límites del otro.
Hermes nos recuerda que el poder de la palabra también implica responsabilidad.
Quizás eso sea lo más interesante de este arquetipo.
Hermes está siempre entre algo y algo.
Entre dos personas.
Entre dos mundos.
Entre una idea y su expresión.
Entre lo que pensamos y aquello que finalmente decimos.
Cada vez que hablamos con alguien estamos construyendo un puente.
A veces ese puente nos acerca.
A veces nos permite comprender algo que antes no podíamos ver.
A veces abre una puerta hacia una posibilidad nueva.
Y otras veces puede llevarnos exactamente en la dirección contraria.
Por eso quizás valga la pena prestar un poco más de atención a nuestras palabras.
A las que decimos a los demás.
Pero también a las que repetimos cuando estamos a solas.
Porque muchas veces la primera conversación que necesitamos transformar no es con otra persona.
Es con nosotros mismos.
Quizás eso era, en parte, lo que los antiguos intentaban enseñarnos.
Que los dioses no viven solamente en los mitos.
También podemos reconocerlos en nosotros y en las personas que nos rodean.
Se expresan en nuestra manera de pensar, de hablar, de vincularnos y de recorrer la vida.
Así como en el Olimpo los dioses representaban diferentes aspectos de la naturaleza humana, también en nuestra vida esas energías pueden manifestarse de distintas maneras.
A veces aparece Artemisa, recordándonos la importancia de ser fieles a nuestra propia naturaleza.
A veces aparece Hermes, invitándonos a preguntar, conectar, comunicar y movernos.
Y quizás reconocer estas energías en nosotros y en los demás nos permita mirar la vida con un poco más de curiosidad.
Porque detrás de cada persona, de cada conversación y de cada encuentro puede estar manifestándose algo que también forma parte de nosotros.
Hermes nos recuerda que la palabra nunca es inocente.
Y siempre esta creando un puente.
La pregunta es: ¿Hacia dónde estás construyendo el tuyo?