Hay personas que son tormenta.
Se acercan a nuestra vida y mueven las fibras más profundas. Nos desestabilizan.
Nos hacen atravesar una inmensa gama de emociones. Así como nos llevan a lugares muy luminosos, también nos conducen a los más oscuros.
Son personas que nos ayudan a subir un escalón en nuestra valoración personal, en nuestro amor propio.
Personas que nos invitan a poner límites. A conectar con nuestra fortaleza para no dejarnos arrastrar por la intensidad de su tormenta.
Después de cruzarte con una persona tormenta, difícilmente vuelvas a ser la misma persona.
Con el tiempo descubrimos que su paso por nuestra vida también vino a transformarnos. A desplegar alas que quizás ni siquiera sabíamos que teníamos.
Pero también hay personas que son brisa.
Llegan a nuestra vida como pidiendo permiso.
Nos ofrecen su amor y acompañan nuestro movimiento, sin invadirlo.
Nos conectan con la paz y con la sensación de refugio. Son un oasis en medio de nuestras turbulencias.
Son puerto.
Nos regalan un respiro.
Nos sostienen con su presencia, su calidez y su compañía.
Y también tienen un propósito: recordarnos que no todo crecimiento necesita ocurrir en medio de una tormenta.
Si te cruzás con una persona tormenta, que tus raíces sean lo suficientemente firmes para dejarte transformar sin perderte en el camino.
Y si te cruzás con una persona brisa, sepas reconocer el regalo que representa.
¿Podés reconocer alguna de ellas en tu vida?